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  • Bienvenidos

    Les presento mi página. Verán aspectos profesionales, pero también van algunas confesiones e imágenes tomadas fuera del escenario a lo largo de mis años.

    Novedades

  • Relato

    I

    A mis 18 años tuve que decidir mi vocación. Mis padres proponían para su hijo mayor un futuro formal, seguro y promisorio, pero habían sido ellos los que pusieron la semilla del teatro y no lo sabían. Cuando tenía 10 años, mi padre, obrero de la industria del calzado, trajo entradas desde su sindicato para ver una obra en el Teatro Nacional Cervantes: “El baldío” de Jorge Mar (posible seudónimo de un autor conocido). Ahí se mostraba una Argentina donde llegaban inmigrantes huyendo del hambre de la postguerra europea. El conflicto de la obra era el de cualquier grupo humano obligado a emigrar y separarse que venían a un país que los recibía con los brazos abiertos y con trabajo. La presencia de los actores en el escenario (Blanca del Prado, Milagros de la Vega, Miguel Faust Rocha, Francisco Martínez Allende) provocaron una impresión que nunca me habían provocado el cine o la radio. Así descubrí la inquietante existencia del teatro que decidió mi vida y mi vocación y que aun perdura cada vez que debo subir a un escenario.

    Tiempo después, llevado también por mis padres recuerdo a Luis Arata en “Judío” de Ivo Pelay (una suerte de “Violinista en el tejado” en Villa Crespo) en el Teatro Liceo. En el segundo acto había un momento inolvidable: el personaje de Arata, después de escapar de la guerra, instalado en el patio de su negocio, sentado a una mesa de cara al público, comía arenques y dialogaba con el personaje que los había preparado que le respondía desde fuera de escena. Posiblemente era texto improvisado y recuerdo la hilaridad que causaba en el público.

    En Constitución, calle Lima, entre Garay y el pasaje Ciudadela, frente a la plaza, estaba el Teatro Variedades: toda una manzana. Actuaba Francisco Charmiello en “¡Qué noche de casamiento!” de Ivo Pelay, cumplió varias temporadas a teatro lleno y el cine en blanco y negro de entonces, nos dejó una versión interpretada por él. Charmiello tenía con el público una complicidad que con su expresión, sin salir de situación, enviaba como guiños a la platea.

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    IMPROMPTU BECKETT (Samuel Beckett - 2006)

    CHICAGO (de Bob Fosse - 1977/78

    EL MATRIMONIO (de Nicolai Gogol - 1960)

    EL MERCADER DE VENECIA (William Shakespeare - 1968)

    CALLE 42 (Stewart, Bramble, Warren, Dubin - 1990)

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    MOMENTOS

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    HOMBRES DE LEY (parte 1)




    HOMBRES DE LEY (parte 2)

    HOMBRES DE LEY (parte 3)

    DI MAGGIO




    ENSAYO




    Mandinga en la película "Antonio Gil Nuñez - La leyenda Gauchito Gil"




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    Domingo Basile

    Av. Santa Fe 2328 - 1123 - CABA

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    A los 12 años, fui a un teatro por primera vez solo. El Teatro Nilo de Boedo, mi barrio. Una matiné, tuve el privilegio de ver a Angelina Pagano. Estaba sentado en primera fila y pude ver que la Pagano no fingía el llanto, lloraba en serio. Eso me conmovió y me sorprendió. Descubrí que en el escenario “no se miente”. Sentí la gracia divina de su actuación. ¿Habrá imaginado la impresión que dejaba en mi corazón cuando, además, en el saludo final me miró especialmente?

    Por entonces, hubo dos espectáculos imposibles de no evocar: “El patio de la Morocha” y “El conventillo de la Paloma”. “El patio de la Morocha”, de Cátulo Castillo y Aníbal Troilo (su orquesta era parte del espectáculo). El elenco: Aída Luz, Pierina Dealessi, Agustín Irusta, Pedro Maratea, Angeles Martínez y muchos más que no recuerdo. Aída estrenó ahí el tango “Patio mío” y “La retrechera”, una habanera y Agustín Irusta “Una canción”, otro de los tangos. Dirigía Román Viñoly Barreto, director de la versión criolla de “El vampiro negro” en cine.

    En 1984, compartí elenco con Aída Luz en “La mujer del año”, en el Maipo. Le comenté de aquella noche en el Teatro Alvear y, al día siguiente, me trajo sus recuerdos: el programa y fotos de la obra. Al verlas, rescate un recuerdo: el general Perón rodeado y dialogando con los actores.

    Quisiera poner fin a estos recuerdos lejanos con mi primera entrada al Colón. En 1953, el Colón era una fortaleza donde ni los artistas ni el público populares tenían acceso. Aquel año llegó al Colon “El conventillo de la Paloma”, de Alberto Vacarezza, con dirección de Antonio Cunill Cabanellas. Era entrada libre y para todo público. “¡La chusma invadió el Colón!”.

    En sus sainetes, Vacarezza mostraba y sublimaba el alma digna y sencilla de su gente, con un lenguaje popular y poético. Entrar al Colón era como entrar a una catedral. La enorme boca del escenario, el telón bordado. Los palcos. El dorado de sus paredes. Pero ese día el sentimiento era distinto: los artistas populares llegaban al Colón: Francisco Charmiello, Leonor Rinaldi, Pepita Muños, Tita Merello y “El Conventillo”. Se levantó el telón y el colorido era como una pintura de Quinquela Martín.

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    II

    Desde la función de “El baldío” hasta decir en casa: “...voy a hacer teatro...”, fueron los años de felicidad en el hogar, la escuela y el barrio. Entonces la niñez se vivía con felicidad. Teníamos deberes y obligaciones pero también el derecho de jugar en la calle, a cielo abierto, el Barrio: la cortada Guandacol, que era una especie de cosmos donde, aparentemente, todo estaba en su lugar. Romper este equilibrio era un acontecimiento. Y la escuela donde algunos maestros todavía nos aplicaban un coscorrón y donde el equilibrio era aprender y enseñar. No actuaba en los actos escolares porque “los artistas” estaban en los teatros del Centro. Pero a la hora de la siesta escuchaba la radio y cantaba con Gardel, Corsini o Imperio Argentina y bailaba sin que nadie me viera. También, organizaba funciones para los más chicos, entre los cuales estaba Juan Carlos, mi hermano menor.

    Después vino la adolescencia y el desorden, la confusión y diálogos como estos:

    “- ¿Vos querés ser actor?
    - Y... sí...
    - ¿Y qué querés hacer?
    - No sé... obras… de Moliere... de Shakespeare...
    - ¡Uh...! ¡Te vas a morir de hambre...!”
    Una amiga de mi abuela, por entonces, me preguntó:
    “- ¿Qué vas a estudiar?
    Y quien respondió fue mi abuela:
    - Quiere ir a hacerse el artista...
    Yo, sentado en un rincón, sentía que mis mejillas iban a estallar”.

    En la adolescencia tomé consciencia de mi timidez.

    A los 18 años decidí ingresar a un teatro independiente, considerados “teatros de arte”. Concepto de época. Moda. El teatro comercial no daba prestigio. Errores de juventud.

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    Olvidé que ese “teatro comercial” me había nutrido con sus obras y sus artistas: ¡la Merello, Leonor Rinaldi, Luis Arata, Chiarmiello... la Pagano! Ingresé a los cursos de Nuevo Teatro, en Corrientes 2120, que dirigían Alejandra Boero y Pedro Asquini. Era un enorme galpón con capacidad para 500 espectadores. La anécdota: no me animaba a ir solo para inscribirme, me acompañó mi amigo Raúl. Cuando llegamos no me animaba a entrar y entró Raúl. La persona que inscribía le preguntó su nombre para anotarlo y Raúl señalándome le dijo:
    - No, yo no soy... es él... –

    Teníamos cuatro materias: actuación, expresión corporal, educación vocal y ética del actor, que dictaba Pedro Asquini. Después de la primera clase con Asquini comprendí que hacer teatro distaba mucho del “lecho de rosas” que yo idealizaba. Pero, así y todo, esa charla ética significó el primer paso para continuar el camino que allí se abría. Lo que vino después está en el Curriculum.

    III

    El teatro no me hizo superar la timidez. Creo haberla superado el día en que una querida amiga que ya no está, Tita Tamames, me dijo: “- ¡No me jodas con la timidez, la timidez es soberbia...! - ¿Por qué? - Porque pones incomodo al otro... - ¿Cómo…? - Porque el otro no sabe qué te pasa y puede pensar que es él quién te incomoda...” Pasó algún tiempo. Nos encontramos, me vio muy cambiado y me lo dijo. Entonces, su comentario fue: “- Los años dan derechos...”. Y esa fue otra enseñanza que me dejó. Gracias.

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